Paciencia – Impaciencia

Decía Aristóteles, el discípulo de Platón, que toda virtud se hallaba entre dos vicios extremos y resultaba de “dar a cada uno lo que le corresponde” (Ulpiano). Aplicado al tema que pretendo abordar en esta entrada, sería la diferencia entre impaciencia, paciencia y pasividad. Vamos por partes:

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Pasividad. Es el resultado de una paciencia excesiva que lleva a estancarse o a simplemente no implicarse. Lleva a tener unas “tragaderas” excelsas que sobrepasan nuestros propios límites y los de quienes nos rodean. A tal punto llega este extremo que siempre se dejaría para mañana todo. Se actúa con indulgencia y se posterga. Se tolera porque ya llegará. Se espera hasta la eternidad. Nos quedamos por el camino nosotros y la paciencia sigue.

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Paciencia. Este es el punto medio y es positivo. Aquí se da tiempo, se actúa, se tolera y se tiene cierta indulgencia sin llegar a morir en la espera. Aquí se empieza  sembrar y como buen jardinero se deja brotar y crecer hasta que tras meses de riego llega la flor, el fruto. Se aplican cuidados, se aguarda, se soporta la carga y se camina con firmeza. Se visualiza el horizonte y se ve el progreso más o menos lento hacia él. Se tiene voluntad y se pone esfuerzo en llegar sin desesperar. Se ambiciona y se desea, pero no se presiona y ahoga.

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Impaciencia. Esta era la verdadera razón de este post, la que me lleva a pensar en la de actuaciones precipitadas por no saber aguantar un poco. La que nos pone de los nervios y nos hace perder en control si no llega ya. Es la que nos hace presionar o sufrir presión, la que nos estresa y nos desmotiva al ver que no llega. Es la desesperación, el culo de mal asiento. Es no centrarse en nada y necesitar cambiar de proyectos continuamente. Inmediatez, temor, ansiedad… eso busca esta desesperación. En ese proceso nos agitamos, movemos, empujamos, aplastamos y nos desquiciamos. El resultado es a veces desastroso y muchos no son reversibles una vez hecho el daño, perdida la oportunidad o rota la sorpresa.

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Sirva esto de reflexión sobre la de veces que ese ansia, esa impaciencia nos hace perder cosas importantes. Nos hace ir sin preparar a una entrevista, lanzarnos a una actividad para la que aún no nos hemos preparado o mentalizado, actuar precipitadamente en relaciones sociales y luego lamentar lo hecho. Nos hace no pensar y lanzarnos, desquiciarnos y perder la capacidad de discernir, analizar y enfocarnos. Todo por no saber esperar, por no saber prepararse, pensar, enfocarse y acabar las cosas que se empiezan pese a que el proceso a veces no sea ni tan placentero ni tan inmediato como se esperaba. El no obtener feedback nos llega a dejar por los suelos, a hacernos aflojar el ritmo, distraernos o cambiar de objetivos con relativa frecuencia.

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Al menos por un momento, con humildad, tal vez podríamos pararnos a pensar en qué nos lleva a esa impaciencia, en si de verdad nos ayuda y aprender a encontrar esa calma que nos permita ser pacientes y no destrozar oportunidades, abandonar proyectos a medias, dispersar nuestra atención y recursos o caer en el desánimo, apatía, desmotivación. A veces es mucho más importante el proceso y el camino que se anda hasta los objetivos (la evolución personal que supone y el cuidado que requiere) que la meta perseguida. A veces descuidar ese camino nos aleja de los objetivos y nos conduce a una insatisfacción infinita.

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¿Probamos?

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