Jekyll & Hyde

Aquél distinguido caballero, con su sombrero de copa y su abrigo “overcoat”, paseaba por las calles de Londres como una sombra, sin llamar la atención. Era cuando alguien se adentraba en el hogar de aquel anfitrión modelo que descubría hasta qué punto llegaba su refinamiento. Culto y siempre correcto, tenía una especie de elegancia natural que le hacía siempre respetable entre la clase burguesa. Más para los que de verdad se adentraban en aquella casa, para los que se quedaban lo suficiente a su lado, aguardaba alguien completamente diferente. Aunque ambos compartían recuerdo y cuerpo, al beber aquel brebaje desaparecía todo aquello que le contenía, dejando libre a esa otra parte de sí que normalmente permanecía en lucha continua con lo que todos conocían de él.

Fue tras un tiempo tomando el brebaje que liberaba su potencial reprimido y su cara más oscura, que ésta comenzó a hacerse fuerte. Se nutría de cada crueldad y cada entrega lujuriosa, de la sangre derramada y del rencor. Aquella parte no se inmutaba, hasta lo disfrutaba, ante el sufrimiento ajeno. No contenía ninguno de sus instintos, desde los más básicos a los más retorcidos. Porque aquél ser que emergía de la profundidad del propio Edward era inteligente… Incluso más que él. Era mucho más fuerte y retorcido. Con el tiempo se hizo tan fuerte que se convirtió en la parte dominante. Su lado más puro aún latente se horrorizaba ante los desfases de esa parte que tomaba el poder y el control de su cuerpo y su vida. Eran sus propias manos las que habría cometido aquellas atrocidades, su boca la que pronunciaba aquellas palabras, cuando hablaba. No necesitaba dar explicaciones a nadie.

En un desesperado intento por recuperarse a sí mismo, trató Edward de idear el brebaje que pudiese, como en su día aquella copa logro, permitirle alternar. La oscuridad le envolvía y poco podía hacer tras desnutrir su pureza y alimentar su oscuridad. Ahora le envolvía. Ahora él era oscuridad. Y seguiría viendo aquello que ahora le horrorizaba pese a que una vez lo buscó. Tarde, doctor… Cobra fuerza la frase “Más vale prevenir que curar”. Ya no hay cura que valga. Triste pérdida la de aquel hombre, que dejo de ser. Le quedó la luz de la luna como único resplandor…

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